El caballero de Lorraine

Leyendas Jacobeas El caballero de Lorraine
Leyendas Jacobeas El caballero de Lorraine
Corría el año milésimo octogésimo de la Encarnación del Señor.

Treinta caballeros loreneses, llevados de la devoción y la piedad, decidieron hacer la romería de Santiago; y como no tuviesen la suficiente fe en que sus ataduras amistosas resistiesen las duras pruebas del camino, se ligaron entre ellos por juramento solemne de que en todo momento se prestarían ayuda, cualquiera que fuese la ocasión que la solicitase o el perjuicio que de ella pudiera sobrevenirles.

Sólo uno de los treinta recabó su libertad y se negó a suscribir el juramento, marchando en la compañía, pero sin la ligazón espiritual que a tan lucido y piadoso grupo hubiera convenido. En las etapas del camino, cuando los juramentados hablaban unos con otros, solían censurar al excluido, del que cada vez se sentían más extraños y separados, como si cristiano no fuera como ellos y por el mismo propósito ligado.

Y el que no había prestado juramento, Lotario, padecía en silencio esta exclusión del cuerpo común, yendo a la zaga del grupo, como quien permanece en una casa a la que no ha sido invitado y con cuyos huéspedes carece de relación y cordialidad profundas.

Habían llegado incólumes a la ciudad de Porta Clusa, en la Gascuña, y allí se demoraban, cuando uno de los veintinueve se sintió enfermo, y la enfermedad le impidió seguir adelante en la romería por sus propias fuerzas. Se reclamó entonces del pacto, y los comprometidos cargaron con su cuerpo, haciendo en quince días el camino que ordinariamente se hacia en cinco jornadas. Y así llegaron a los puertos del Pirineo. Aquí sintieron agotada la paciencia tanto como la resistencia.

El enfermo estaba en las últimas. Se veía claramenteque su alma pugnaba por escapar, aunque su cuerpo se esforzase en retenerla. Y considerando razonablemente que al final de esta pelea ganaría el alma en sus propósitos, decidieron el abandono del doliente, olvidados del pacto y de la caridad que al moribundo se debía.

Y allí quedó, en fragoso y despoblado monte, sin esperanzas de socorro humano, entregado a la misericordia de Dios, clamando por compañía que le fortaleciese agonizante y le ayudase con las plegarias a bien morir.

Todos partieron, dejándole con su muerte, si no fue aquel Lotario que no había prestado juramento. Entonces se vio cuál fuera la razón de su negativa: era de alma tan delicada,que no requería, para la firme amistad y la ayuda caritativa,de compromisos más o menos jurídicos.

Mientras los otros marchaban, él se quedó, y ayudó al moribundo, y cargó con él monte arriba por la empinada cuesta de San Miguel, y le sintió morir, y con su cuerpo permaneció en medio de la noche y el silencio, sin alma humana que pudiera socorrerle y ayudarle a cavar una fosa para aquellos despojos.

La noche era tenebrosa, poblada de rumores montaraces que a veces sonaban como gemidos y a veces como amenazas. El caballero Lotario, que había probado su valor contra los hombres, se sentía, sin embargo, indefenso contra el misterio de la muerte y de la noche. Si clamaba, su clamor se perdía en el viento, y si callaba, su silencio se colmaba de susurros igualmente misteriosos. Todo en su contorno tenía voz, no voz humana, sino la extraña voz de las cosas que sólo se adivina con el miedo o con la intuición de los poetas. Hablaban los árboles y hablaban las piedras, y las mudas estrellas enviaban también sus extrañas y frías palabras plateadas.

Toda voz convergía en aquel lugar del monte, y más allá, como en círculo de lamentos, las alimañas, olida la muerte, se hacían preceder de sus aullidos. ¡Cuánto miedo sentía el buen caballero lorenés, si es que el miedo tiene cuánto! Acogido al cobijo de una piedra, apretaba contra sí el frío cuerpo muerto, no sabiendo si todo aquel murmullo se concitaba contra la indefensión del que había perdido ya su alma o contra el alma del que la conservaba.

Y en esta duda estremecida volvió su corazón a Santiago y le pidió favor. Santiago le oyó, y con la permisión de Dios acudió en su socorro, eligiendo para manifestársele aquella de sus versiones humanas que más cuadraba a la ocasión y al hombre: caballero de punta en blanco armado, como si fuera andante, con su buen caballo blanco. Y de esta guisa, envuelto en luz lunar, descendió de la cumbre de San Miguel hasta el lugar donde Lotario estaba.

Se saludaron, y aconteció entre ellos el siguiente diálogo:

SANTIAGO._ ¿Qué haces aquí, hermano?
CABALLERO.- Señor, deseo enterrar a mi amigo, pero noencuentro con qué.
SANTIAGO.- Dame su cuerpo, súbete luego a las ancas demi caballo y hallaremos digno lugar para enterrarlo.

Obsérvese la cortesía del Santo, que no le preguntó: «¿Porqué temes?», lo cual hubiera humillado al lorenés, y la respuesta exquisita del caballero, que fue como decirle: «Cumpla yo mis deberes de amistad, que el resto de mi angustia se resolverá en seguida». Tomó Santiago el cadáver en sus brazos, y cuando el caballero cabalgó, siguió el caballo su camino, que no era el vulgar apegado a la tierra, sino el camino especial que caminan los santos, más allá del tiempo y del espacio y que nosotros solemos imaginar como camino aéreo.

Así pasaron por encima de las famosas ciudades que parecen prendidas en la Galaxia, y, como quien dice en un santiamén, llegaron al Monte Gaudium, que quiere decir «Monte del Gozo», y quehoy, en recuerdo del caballero muerto, llaman do CorpoSanto; eminente lugar donde, en aquellos tiempos, había un monasterio relacionado con el Apóstol y con los peregrinos.

Allí se detuvieron, y siempre aconsejado por su favorecedor, el buen caballero lorenés, un tanto estupefacto, rogó al abad que sepultase honradamente aquellos despojos de su amigo, que había muerto con la fe en los labios y el amor en el corazón y que gozaba ya de la gloria divina. Entonces habló de nuevo el Santo, diciendo de esta manera:

SANTIAGO.-Cuando los monjes hayan concluido sus rezos funerales y el cuerpo de tu amigo haya vuelto a la tierra dedonde salió, entonces tú harás tu romería, como tenías pensado, ofreciendo al Apóstol tus oraciones, que serán bien recibidas. »Después seguirás el acostumbrado camino de vuelta, y en la ciudad de León encontrarás a tus veintiocho compañeros, tan campantes, creyéndose justos a los ojos de Dios.

Cuando se asombren de verte ya peregrino de regreso, les hablarás en mi nombre diciéndoles: "Puesto que habéis sido infieles a vuestro juramento, abandonando en despoblado al compañero doliente, el Santo Apóstol me encarga de comunicaros que vuestras oraciones no llegarán al Trono deDios, ni siquiera al escabel, un poco más bajo, donde Santiago se sienta; y, de la misma manera, vuestra peregrinación no servirá de provecho a vuestras almas, hasta que hayáis cumplido la penitencia que vuestro pecado exige".» Dicho lo cual desapareció, y el lorenés comprendió inmediatamente a quién debía tantas mercedes y, postrado en la tierra, dio las debidas gracias a Dios. Luego entró en la iglesia monacal y acompañó a los monjes en sus cantados latines funerales, más alegres entonces que los de ahora, porque aún no se había inventado el Dies Irae, y les ayudó en el entierro, y él mismo echó amistosos puñados de tierra.

No sentía tristeza por su muerto compañero, sino el júbilo enorme del que conoce con certeza indudable la salvaciónde un cristiano, su tránsito feliz. Por eso mandó que se grabara en la losa del sepulcro una leyenda alegre, alusiva alsueño de la Paz y a la esperanza en la Resurrección de la Carne, que por su fe el difunto amigo había merecido.

Cuando todo hubo concluido salió al camino. Lucía el sol, y allá en el fondo del valle vio las torres de Compostela, y entonces comprendió la magnitud geográfica del milagro, pues pocas horas antes se hallaba en las montañas del Pirineo. Pasaba un grupo de peregrinos flamencos, cantan do a voces su cantar y gritando sus «¡Ultreyas!», y aunque Lotario no entendiera del todo las palabras, se sumó al grupo, y después de un rato se le había pegado la salmodia y cantaba también. Llegaron a la ciudad, entraron en su recinto, y cumplieron apresurados los ritos de la romería, y lo que en la ciudad pasó más se adivina que se sabe, porque el texto calixtino nada cuenta del particular, sin que tampoco sea muy explícito en los incidentes del regreso.

Cuenta, sí, el encuentro en León, y la penitencia que los veintiocho caballeros hicieron, impuesta por el obispo de aquella ciudad, y cómo después remataron su camino de la manera acostumbrada y en la gracia de Dios.

Pero el Códice añade que este suceso fue posible por el poder divino, y que es admirable a nuestros ojos. Y como todas las almas honradas se regocijan en la gloria de Dios y en sus obras, acaba invitándonos a cantarlas, que es la mejor empresa que cabe al corazón humano. Amén.

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