LA PEREGRINACION como MUERTE

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Procesion de los difuntos en Sta Marta de Ribarteme (Galicia) (1)

No se puede separar Santiago de Compostela y su ‘camino de estrellas’ de la civilización atlántica; ahora bien, la antiguedad de dicho camino se cifra en milenios.

Salvo quizás el vasco, las lenguas empleadas en aquella época han desaparecido, y no quedan de ellas más que algunas raíces, e incluso éstas degeneradas por los dialectos, transformadas según la garganta de las distintas razas y según las modas siempre variables, de suerte que, aunque los símbolos subsisten, los sonidos correspondientes se han desviado o han desaparecido.

Por tanto, sería ilusorio pretender imaginar o descubrir lo que ocurría primitivamente en ese camino. Muchas cosas se han desvanecido, y esta desaparición impide una interpretación cierta de los símbolos, reducidos, por falta de vocablos, a representaciones más o menos analógicas. La mayor parte de las veces nos encontramos ante estos símbolos como ante un jeroglífico relacionado con una lengua que no conocemos o con un modo de sentir que es completamente extraño para nosotros.

Lo asombroso es que esta laguna es relativamente reciente, pues nos damos cuenta de que ciertas cosas, que ahora ya no comprendemos, habían perdurado hasta la Edad Media. No sabemos ya qué significan, pero subsiste el hecho, muy adecuado para contentar a los prehistoriadores, de que se trata, tanto en Compostela como en la Armórica o Cornualles, de una peregrinación de muerte.

La muerte en el Oeste es evidentemente una tradición.
Hacia el Oeste se dirige el Ka del muerto egipcio.
Hacia el Oeste están las Islas Bienaventuradas.
Hacia el Oeste está la isla de Avalón, isla de las manzanas, a donde van las almas de los celtas difuntos.
La tumba del dios Belén está al Oeste, en la rada del Mont Saint-Michel, que era el monte Tombe, cerca de ese otro peñón de Tombelaine, sin duda ‘Tumba Belisama’.

Si bien Santiago se hace decapitar en Jerusalén, esto casi constituye un error, pero el error es rectificado por este macabro crucero hacia Galicia donde su cuerpo reposa en el Oeste.

Se puede comentar esta antigua costumbre, y ver en ella el deseo de identificar al sol que muere cada día en el Oeste antes de renacer en el Este.

Se puede pensar que una cierta tradición, un recuerdo ancestral, situaba en el Oeste la «Tierra de los Antepasados» a donde había que regresar, como a una matriz original, para un renacimiento al ejemplo del astro reverenciado.

Cualquiera que sea el papel desempeñado por el poniente en el subconsciente humano, es evidente que el deseo de marchar hacia un lugar de muerte implica la esperanza de un renacimiento; si no, ¿por qué desplazarse, si se trata sólo de dejar abandonados unos restos aquí o allá? Hay un punto en que las religiones, por diversas y diferentes que sean, prácticamente no varían: cuando afirman que la muerte es un paso de una vida a otra. Que la nueva vida sea presentada de maneras diferentes, no cambia el hecho lnicial: Hay un renacimiento. Y, para renacer, es necesario morir.

Lo que concierne a la auténtica muerte se aplica también a cualquier cambio de la naturaleza humana; nos atreveríamos a decir a cualquier mutación. Para encontrarse en un estado distinto al primitivo, es absolutamente necesario morir respecto a ese estado primitivo.

Se trata de una tradición que se conserva normalmente en todos los rituales iniciáticos, incluyendo los de ingreso en las órdenes religiosas: ‘.. Es necesario que el Hijo del Hombre muera para que renazca ..’

Las ceremonias de iniciación, las tomas de hábito, constituyen un ceremonial que se inicia con una muerte; es un ritual de muerte… Se trata de morir con respecto al mundo. Se mata al hombre viejo para que nazca el nuevo. Si continuara siendo el mismo, la ceremonia no significaría nada. Aunque son diferentes, las ceremonias de iniciación en las tribus llamadas primitivas proceden del mismo principio básico. No se cambia sin renacer, no se renace sin morir. El signo externo más conocido es la pérdida del nombre, pues siempre se ha considerado que el nombre representa al individuo, y, si éste es distinto, su nombre debe ser asimismo diferente.

Descubrimos esto en la Biblia, donde, después de haber consentido en el sacrificio, Abram se convierte en Abraham. Es otro hombre… Jacob se convierte en Israel después de su combate contra el ángel. El Papa, al ser entronizado, pierde su nombre de hombre y toma su nombre de Sumo Pontífice.

Lo mismo ocurre con los reyes en su coronación. Los novicios convertidos en hermanos reciben un nuevo nombre (salvo para el registro civil…) Todo esto tiene un claro significado de abandono de la vieja personalidad y nacimiento de otra nueva. No podemos dudar que esta concepción de una mutacion profunda del hombre, lograda mediante las pruebas y las ce remonias iniciáticas, existio en los tiempos más remotos, en la época incluso del hombre de las cavernas, y podemos su poner, por otra parte, que, por una extensi6n analógica, la muerte fue, en alguna época, plasmada, durante las pruebas, bien fuera mediante una herida, o por medio de la ablación de alguna parte del cuerpo; respondiendo en este caso la parte por el todo.

Al terminar el combate contra el ángel de Dios, Jacob tiene el «nervio del muslo» resecado. Queda cojo como, en la mi tología griega, Hefaistos el herrero.

Tal vez éste es el sentido de esas representaciones de manos de las pinturas rupestres, manos a las que les faltan dedos.

Visto desde este ángulo de muerte iniciática, o, si se prefiere, de muerte simbólica, la extraordinaria cantidad de monumentos considerados y declarados funerarios en esos paises del extremo Oeste que son Galicia, Armórica y Cornualles, no parece tan extraordinaria.

¿Son realmente sepulcrales estos monumentos? esta es una pregunta que habría que demostrar de un modo más con vincente de lo que se ha hecho hasta ahora.

Hacer pasar un hombre por la tumba, simbo1icamente, exige la construcción de semejante tumba. Considerar, simbólicamente, que esa tumba donde perece el hombre viejo, en el seno de la tierra, es una matriz en donde este hombre renace, exige que dicha tumba sea construida de una cierta manera, en las tinieblas, con ruta de salida para el nuevo nacimiento; ahora bien, esto es exactamente lo que descubrimos en los ‘tumuli’ de Bretaña o en las mamoas de Galicia.

La tumba real es generalmente un cairn (túmulo céltico) de piedras acumuladas o, simplemente, un túmulo de tierra; la tumba simbólica posee un corredor con, al parecer, una idea de laberinto. Tales corredores, a menudo sinuosos como la naturaleza, no concuerdan con cadáveres de hombres que han dejado de vivir corporalmente, y el hecho de haber encontrado &emdash;no siempre, incluso en aquellos que nunca fueron violados&emdash;esqueletos en esos tumuli o mamoas no autoriza en absoluto a llegar a la conclusión de que habían sido construidos para dichos cadáveres; éstos podrían también proceder de nuestra época.

La Mamoa, en la lengua gallega, significa: seno, mama. En esta regi6n existe un enorme número de ellas, a veces a]inea das como ocurre cerca de Santiago de Compostela, donde se levantan una media docena de tales mamoas entre Lens y Oca. Otra vez la oca. ¿Tumbas reales o tumbas de iniciación? ¿Acaso tiene tanta importancia la cuestión? Siempre es de muerte de lo que se trata… ¿Y quién sigue este camino hacia la muerte? No podemos responder ciertamente de un modo fehaciente a esta pregunta ante la ausencia de documentos o de signos descifrados, pero, no obstante, podemos deducir que el camino era una vía hacia la iniciación. Por lo demás, esta tradicion de muerte se ha conservado en los países de Cornualles, Armórica y Galicia. A veces se ha supuesto que se trataba de una forma de romanticismo caracteristico de los narradores de cuentos o del espíritu celta. Yo, por el contrario, veo aquí la supervivencia de una tradición que ha durado mucho tiempo, milenios. Se iba al Oeste para ‘morir’… Y es el cadáver de Santiago el que embarranca ahí en su barco milagroso.

En lo que atañe a los celtas, sabemos, por algunos autores latinos, que su sentimiento sobre la muerte no se podía comparar al que nosotros tenemos actualmente, pues, para ellos, la muerte era solo un paso, una especie de peripecia que conducía a una reencarnaci6n. La piedra y el cairn bastaban para recordar a los héroes. Cabe también que entre el pueblo, que no participaba en las muertes iniciáticas y en los renacimientos que de ellas se seguian, se hubiera extendido ese cuento de hadas de que los muertos regresan con una forma diferente, de donde habría

surgido ese folklore de aparecidos, de fantasmas, que tanto abunda en esos tres países del Oeste.

Dado que he empleado el término iniciado, a falta de poseer otro que tuviera una significación válida o siquiera aproximada, sin duda es necesario tratar de darle, en la medida que se pueda, una definición o una explicación La necesidad es tanto mayor cuanto que, para intentar ponerse en contacto con la ciencia tradicional y sus modos de transmisión, es necesario recurrir a esta ‘predisposición’ que proporciona, precisamente, la iniciación. El término ha sido generalmente empleado a tontas y a ocas.

Etimológicamente, indica a aquel que se interna en la ciencia, y no, como se muestra tendencia a creer, a aquel que sabe. La palabra procede del latín, initium, comienzo. El iniciado no es aquel que sabe, sino el que comienza, el que es introducido en la ruta del conocimiento. Por extensión, se le ha dado la significación de enterado. Así, se dice que un hombre está iniciado en las matemáticas cuando posee un cierto saber matemático. Lo mismo ha ocurrido en el sentido esotérico. Generalmente se piensa que el iniciado es aquel que posee el conocimiento; es sólo aquel que puede tenerlo.

A este respecto hay que distinguir entre saber y conocimiento. Saber, en su sentido actual, es puramente cerebral. Por ejemplo, se sabe aritmética, pero esto no proporciona, sin embargo, el conocimiento de los números. El cerebro humano se parece enormemente a un cerebro electrónico. Recibe aquello que se le facilita y saca, según sus posibilidades, sus consecuencias analíticas, pero tan sólo a partir de datos que le son proporcionados, bien por sus sentidos, o por comunicaciones exteriores. Se puede perfectamente imaginar un sordo al que, por medio de una notación musical, se enseñara todo lo que se puede saber de la música, e incluso las leyes más sutiles de la armonía. Se puede admitir que llegará a ser capaz de componer. Lo sabría todo acerca de la música. Pero no tendría ningún conocimiento de ella. La propia esencia de la música le sería para siempre inaccesible… Y tampoco sabría nunca que la música no estaba a su alcance, que nunca la comprendería, él, el sabio.

¿Cómo podria saberlo o siquiera imaginarlo? Seria como el hombre de la caverna de Platón, que no vería más que re flejos y se imaginaría que éstos son el mundo, en tanto que no son más que epifenómenos. Podría deducir, cerebralmente, todo un mundo, pero del verdadero mundo no tendría el menor conocimiento.

El iniciado, en el ejemplo del músico, es aquel que entiende la música; y esto no significa que tenga, respecto a la música, algún saber. Podrá ser totalmente ignorante de las leyes musicales, pero la naturaleza de la música le será accesible. Sólo dependerá de él adquirir su saber. Así ocurre con la diferencia entre el químico y el alquimista; todo el saber del químico no le sirve de conocimiento, conocimiento del que generalmente ignora su naturaleza e incluso su existencia. Parece que el fin primordial de todas las religiones ha sido dar al hombre la posibilidad de ponerse en un estado en que le permitiera el acceso al conocimiento; buscando cada una de ellas sus propios procedimientos destinados a ‘abrir el entendimiento’: ascesis, yoga, etc.; incluso acudiendo al desenfreno de los sentidos, como lo hizo Rimbaud; a las virtudes del vino, como Rabelais; a las mortificaciones, como muchos cristianos; o a la danza, como los derviches…

Para ser más explícito; parece que el objetivo buscado es abrir a la percepción sentidos más o menos embotados en el hombre para permitirle penetrar no sólo la apariencia y las relaciones materiales de lo que le rodea, sino también la naturaleza profunda de este entorno. De lo que resulta que se le vuelven perceptibles una infinidad de relaciones, analogías, antinomias y similitudes entre las cosas.

Vemos, pues, que se trata, no de un saber, sino de un estado, un «estado de gracia», que puede ser transitorio o duradero, pero que es de tal índole que en ese estado el hombre no es ya el hombre anterior. El hombre anterior está muerto; se comprende ahora todas esas ceremonias simbólicas destinadas a poner de manifiesto esta muerte… Por otra parte, quizás esas ceremonias, en sí mismas, constituyen tipos de operaciones destinadas abrir el acceso a este nuevo estado. Ahora bien, entre todas estas ascesis o demás procedimien tos, el trabajo manual, ejecutado según ciertos rituales, posee cierto valor iniciático, y es un hecho que la más asombrosa regla monástica, la de san Benito, conocida como la «Regla del Maestro», ha atribuido al trabajo manual un lugar tan importante como el reservado a la oración y al estudio. Es posible que dicha regla hubiera sido establecida debido a la precisión en que se hallaban los monjes de subvenir a sus necesidades en cuanto a su alimentación y alojamiento. Es una explicación que no podemos descartar… Pero la regla no estaba especialmente hecha para el «bien de los cuerpos»; era preciso también inducir en los monjes un cierto estado religioso… Parece cierto que la manipulación de la materia y su transformación por la mano del hombre conduce insensiblemente a una especie de comprensión de la naturaleza de dicha materia, en una palabra, a un conocimiento. No hay nada de intelectual ahí… Y es algo más bien incomunicable a un intelectual. El hombre se convierte en iniciado, y él mismo no sabe que lo es. Tiene el conocimiento de la materia, aun en el caso de que no tenga ningún saber. Y es entonces cuando puede intervenir el cerebro. A través del análisis, se incorpora a este conocimiento el saber que permitirá utilizarlo inteligentemente.

El trabajo, en esta fase, no es solo un medio de «ganarse la vida» en el sentido material del término; es también un medio de evolución personal… Sin duda, el error fundamental de nuestra civilización habrá sido hacer desaparecer el trabajo detrás del dinero, hacer de él un medio para ganar dinero, privando así al trabajo de todo su valor y al obrero de su dignidad de hombre y del provecho personal de su esfuerzo. Probablemente los obreros de Chartres se habrían negado a construir Sarcelles… Un hombre libre no podría aceptar reducir a otros hombres al estado de habitantes de conejeras. Humanamente, las chabolas son más aceptables. No es extraordinario que fueran los monjes, monjes obreros, monjes pontífices, los que construyeron, con sus propias manos, las abadías que causan todavía nuestra admiración. y que la mayor parte de sus abades fueran los arquitectos y los maestros de las obras.

Otro tipo de ascesis es caminar, caminar al ‘propio paso’, a través de la Naturaleza, por bosques y landas, por montañas y vados. Llega un momento, cuando se ha superado la fatiga, en que el ritmo del hombre se armoniza con el de la Naturaleza, de la tierra, del cielo, en que se halla acorde con esos ritmos generales, en que ellos le penetran, en que él los penetra. El hombre entra en estado de receptividad. Se convierte en otro hombre; se halla en estado de gracia. Esta es una de las razones de esas antiguas peregrinaciones que empujaban a los filósofos griegos a las rutas iniciáticas, a los filósofos musulmanes a sus viajes, a las muchedumbres cristianas hacia las tumbas de los santos, a los ‘compañeros’ a su periplo del Tour de Francia… Ni que decir tiene que ese estado de aconocimiento da al hombre algunos ‘poderes’ llamados mágicos, puesto que desarrolla facultades de las que está privado el ser corriente, principalmente en lo que atañe a la taumaturgia, de donde se sigue la necesidad de un cierto secreto en el aprendizaje de los «medios-. El secreto impide la creación de documentos, excepto do cumentos legibles únicamente por los que han recibido los medios de descifrarlos. En su naturaleza, tales «documentos# son del mismo orden que las fórmulas algebraicas o químicas que utilizan los matemáticos o químicos. Si se desconoce el álgebra y la química, las fórmulas son tan indescifrables como una página en chino para quien ignora esta lengua. Pero semejante secreto tiene otra consecuencia: crea la perennidad. Los secretos que hay que guardar y transmitir están, por tal motivo, al abrigo&emdash;relativo&emdash;de la destrucción, al menos más resguardados que aquellos que han sido sem brados a los cuatro vientos. El lenguaje hablado cambia de sentido de una región a otra. Las palabras pierden su valor, y más tarde su sentido, hasta tal punto que en ocasiones hay que hacer un esfuerzo de traducción para comprender en todo su significado textos del siglo pasado… Pero si las enseñanzas son reducidas a símbolos, basados en la misma esencia más que en la forma de lo que deben transmitir, adquieren una estabilidad que guarda una íntima relación con la propia estabilidad de dicha esencia. La transmisión podrá, así, pues, efectuarse sin desvia ción, puesto que la esencia es constante. Sólo que para comprender esos signos será preciso que ,el individuo lanzado a la búsqueda de su significado sea capaz de captar su esencia, es decir que se encuentre al menos en estado de receptividad del conocimiento.

Será necesario que se halle en estado de gracia, es decir iniciado.

En definitiva, se tratará de una transmisión de iniciado a iniciado, trascendiendo el tiempo si es preciso, y el secreto estará tanto mejor guardado cuanto que el iniciado tendrá gran dificultad en explicarlo a un profano, como la tendría si intentara hacer comprender la música a un sordo.

Por lo demás, así se explica el fracaso de todas las explicaciones de símbolos, pues la explicación vacía al símbolo de toda su sustancia. Otra consecuencia, reputada como mágica, es que los simbolos, los verdaderos, al tener una semejanza analógica de naturaleza con aquello que simbolizan, se convierten en instrumentos de acción sobre la cosa simbolizada… Pero he aquí de nuevo algo que escapa al intelectualismo, para el cual la analogía termina en la semejanza. Es decir en la apariencia. En su principio, todo esto es verdadero para el verbo, que, «plasmado» en la materia, es símbolo de la materia, la representa y la contiene, la crea incluso, y que, por esto y para esto, dio nacimiento al Om Mane Padme OM de la India, a la salmodia hebrea, a las letanías cristianas y, sobre todo, a la cábala fonética de Occidente, y, en su forma escrita, a la kabbala hebraica. De aquí la importancia del nombre…

Y era necesario que el camino de Compostela fuera un camino de Jacques .

1. Marta es una de las hermanas de Andres, Andres, tiene su santuario en Teixido (vease su pagina web) y en el tambien se celebran ‘procesiones de difuntos’ vivos . Ambos santuarios estan separados por 120 kms

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